‘No se esperaba que fuera acordeonera’: Diana Burco

Se puede ser mujer y atreverse a soñar con ser juglar en uno de los géneros musicales más machistas, como lo es el vallenato. La bumanguesa Diana Burco –hasta hace poco Diana González– lo predica con su voz, sus letras y su ejecución del acordeón. También muestra que se puede ser joven en el género y no deslumbrarse por la “nueva ola”; en cambio, buscar la tradición.

Burco –que en la serie ‘Tarde lo conocí’, sobre la vida de Patricia Teherán, encarnó a la acordeonera de esta última– define su relación con el acordeón como un romance que comenzó hace diez años. 

Para susto de sus padres, que soñaban con una concertista clásica, dejó atrás el violín, que aprendía desde los 5 años. Entre los 12 y los 16 saltó a la música tradicional, y viajó al Cesar cada vez que tenía vacaciones para entender de dónde venía el sentir vallenato, participó en festivales y buscó maestros tradicionales y vivir la cultura que le permitiera entender este folclor.

Luego entró a la Javeriana de Bogotá a estudiar música. “Debía aprender cómo funcionaba la música en el mundo; ya no era vivir la parranda, sino enfrentarme a una carrera difícil”, dice.

Burco, de 23 años, acaba de lanzar de forma independiente el álbum que lleva su nombre, con canciones propias como ‘Juan’, una exploración con aires de porro y sonidos modernos, y ‘Viejo amor del Valle’, premiada en el Evafe (Encuentro de Vallenato Femenino). Solo el clásico ‘Los novios’ no es suyo. Cada canción del CD está allí por una razón, no necesariamente la estrategia. Este ha sido la definición de su sonido y una declaración de principios.

¿Cómo unió la academia y la tradición?

Decidí no perder la pasión ni la magia de la música tradicional. Al entrar en la academia me urgía más acercarme a la tradición, e hice viajes por los pueblos del Caribe. A San Pelayo a aprender de porro, de tambores en Palenque, busqué gaitas, cantadoras… Iba a vivir la experiencia, a encontrar esas cosas a las que llamo tesoros, porque entendí el valor de lo que tenemos y tomé la responsabilidad de decir:  Tengo un mensaje que dar  a través de la música. El país y los jóvenes tenemos que ser conscientes de lo que tenemos, es algo propio, que estamos heredando y dejando ir, porque se está extinguiendo.

¿Cómo vivió el machismo dentro del vallenato?

Tuve momentos incómodos. Desde niña sentí coqueteos que me hacían preguntarme: ¿esto debe pasar? En la música en general existe un problema: a las mujeres nos encasillaron en “la cantante bonita que se viste sexy y muestra las piernas”. Pero ¿hasta qué punto lo aceptamos y pensamos que no somos capaces de dirigir una banda o ser grandes percusionistas? Ni siquiera hay que culpar al hombre. La pregunta es: ¿cuándo seremos conscientes las mujeres de las habilidades que tenemos?

Aún no se espera que una mujer sea acordeonera...

No se esperaba. Eso ha fregado a muchas. Y aunque escojan ser cantantes, siempre han dependido de hombres que les hagan la música, porque no saben cómo funciona. Creemos que somos cantantes y ya. Ser cantante no es malo, pero no nos atrevemos a hacer más.

Cuando empecé a mirar al juglar que canta, toca y compone, vi el trasfondo social y me puse el reto de meterme en zonas incómodas donde otras no quieren entrar. ¿Hasta cuándo estaremos a la sombra de lo que ya hicieron y cantaremos ‘covers’ porque no nos arriesgamos a hacer nuestra propia música? Tenemos otras cosas que decir. El amor de una mujer es diferente. Por eso es importante que desarrollemos esas habilidades. De nada sirve que hagamos música de los hombres o lo que hacen otros compositores

¿Qué vio en la figura del juglar?
Los juglares hacían música porque les nacía, uno como oyente sabe cuándo la música se hace de verdad o cuando se usó una rutina para pegar canciones y se aplicó una fórmula. Hay que cuidarse de repetir los errores de otros o no va a pasar nada con nosotras.

¿Qué representó el acordeón para usted?

Tocaba violín, pero me fui hacia lo tradicional, asociado con paradigmas de parranda, borrachera y desorden. Pero se puede crear esta música desde otro punto. El cambio fue un choque fuerte para mis padres y un aprendizaje para todos. Me dejaron cambiar de instrumento y buscar una cultura que no conocía. Pero, le creo a la intuición. Quise vivir de esto, y eso conlleva verlo como profesión, aplicar una disciplina, tal como se estudia ingeniería. El acordeón es mi maestro porque me abre puertas a todo lo que me está pasando.

¿Hasta qué punto estamos respetando el instrumento? Porque a veces el acordeón está puesto en canciones que tienen mal mensaje?

Reflexiona mucho sobre la música…

Aún no sé cómo describir la música. Es una cosa que está en el aire, vive y puede salir. Nadie puede controlarla. Los músicos creemos que la controlamos, pero jamás será así. ¿Cómo controlas una canción? La mayoría te dirá que viene de otro lado. Es como volver a abrir los ojos y descubrir que nos volvimos materialistas cuando somos espirituales.

El acordeón, por su historia, tiene un peso muy grande. Me di cuenta de esto al punto en que a veces pienso: ¿Hasta qué punto estamos respetando el instrumento? Lo digo porque a veces está puesto en canciones que tienen mal mensaje. ¿Cómo están componiendo ahora? Pensando en que esto tiene que pegar, que si pega eres buen músico y no es verdad.

¿Cómo es su faceta de compositora?

Decidí estar lejos de la nueva ola. No porque la critique. Todo empieza por el hecho de que admiro al compositor. A los 16 años me parten el corazón, y escribo mi primera canción. Supe que tenía la posibilidad de crear, y a los pocos días hice otra. Siguió un proceso de tres años de prueba y error, en completa intimidad, en conexión conmigo. Un proceso silencioso que agradezco. Era darme cuenta de lo que pensaba y se me abre la cabeza con todo lo que me ponen a escuchar en la universidad. Después empecé a trabajar con Danny Garcés como productor.

¿Por qué era tan importante definir su música casi a solas?

Desde pequeña, viendo entrevistas de mujeres como Totó la Momposina, oí que a veces llegan otros a manejan lo que tú eres. En el primer disco no podía dejar que alguien viniera a decirme quién era yo, sino descubrir quién era yo. Entonces preferí que lo económico viniera de mis padres o de mí, pues trabajaba tocando en bares.

Su álbum tiene nueve canciones, ocho suyas y un clásico ajeno. ¿Por qué?

La canción de Freddy Molina está porque me parece importante mostrar de dónde vengo para que sepan para dónde voy. Me asustaba interpretar una canción tan conocida, pero mostré cómo Diana Burco puede interpretar ese vallenato. Representaba creer en lo que puedes hacer.

¿Y qué representan las otras canciones?

Hay un recorrido por el Caribe, pero picándole el ojo a la montaña. Empecé a amar una cultura que no es la mía, eso me hizo pensar en valorar también el Pacífico, la cultura isleña, la andina. Todo poco a poco. El CD refleja el Caribe, con su tradición, pero con sonido de hoy. Es lo que hay que hacer. No es ir a un pueblo a copiar lo que ya hicieron, es adaptarlo a nuestros días y a lo que pasa en la cabeza de los jóvenes y cómo ven el mundo.

Entre las canciones, está Juan, con la que rompo la norma de no ponerle el nombre de una persona a una canción. De alguna manera es jocosa: “Me enamoré de un don Juan que va diciéndoles a todas te quiero, pero a mí no me dice nada”. Apropié ritmos del porro sabanero con colores del pop latino.

Y está Carmelina, bolero ranchero, no puedo negar las melodías que me llegan. Quiero valorar la música andina, la llanera, es cuestión de no tenerles miedo a los ritmos solo porque la industria te dice que no venden. No podemos creer todo lo que nos dicen y menos gente que ni siquiera hace música

 

Related Posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *