El vallenato parece estar viviendo un interesante regreso a sus raíces. En los últimos años ha comenzado a tomar fuerza una propuesta que, aunque tiene profundas raíces en la historia del género, vuelve a llamar la atención de las nuevas generaciones: acordeoneros que también asumen la voz principal y cantan mientras interpretan su instrumento.
Uno de los nombres que abrió camino en esta nueva etapa fue Rodolfo De Lavalle, quien desde su proyecto “Acá se toca vallenato” apostó por recuperar una manera más tradicional de entender el género. De Lavalle, reconocido acordeonero y ganador de importantes festivales, decidió convertirse también en cantante y poner el acordeón y la voz en un mismo escenario. Su proyecto nació con la intención de mantener vivo el vallenato clásico y acercarlo nuevamente a los jóvenes.

Después apareció Dolcey Miguel, hijo del reconocido maestro Dolcey Gutiérrez, quien también ha asumido esa doble condición. El propio Dolcey Miguel define la diferencia con claridad: su padre es “un cantante que toca acordeón”, mientras él se considera “un acordeonero que canta”.

Ahora, esa fórmula vuelve a tomar fuerza con Edgardo Bolaño, integrante de una de las dinastías más tradicionales del folclor. Bolaño ha dejado claro que su visión va más allá de ejecutar el instrumento: “Yo compongo, toco y canto como debe ser un rey vallenato”, afirmó recientemente al hablar de su aspiración en el Festival de la Leyenda Vallenata.
Y aquí está precisamente lo interesante: más que una tendencia, lo que estos artistas están haciendo es recuperar la esencia del juglar.
Durante buena parte de la historia del vallenato, el acordeonero no era simplemente el músico que acompañaba al cantante. Era protagonista. Componía, tocaba, cantaba, improvisaba y contaba historias. Era un artista integral. La aparición de nuevas generaciones capaces de asumir nuevamente esos roles devuelve al acordeón su condición de instrumento protagonista y fortalece la identidad narrativa del vallenato.
En el caso de Bolaño, además, existe un componente de enorme peso histórico. El artista pertenece a la dinastía de Chico Bolaño, una figura fundamental de la tradición vallenata, y desde joven ha construido su carrera alrededor del acordeón y los festivales.
La importancia de esta corriente está también en que amplía las posibilidades del vallenato sin necesidad de alejarlo de su esencia. En un momento en que el género continúa incorporando sonidos urbanos, fusiones y nuevas formas de producción, ver a jóvenes artistas que quieren cantar mientras tocan acordeón representa una manera de mirar hacia adelante mirando también hacia atrás.

Quizás por eso la fórmula está conectando. Porque cuando un artista se sienta frente al acordeón, abre el fuelle y al mismo tiempo cuenta su propia historia con la voz, el vallenato vuelve a sentirse como una conversación entre el músico y el público.
Rodolfo De Lavalle abrió una puerta con “Acá se toca vallenato”. Dolcey Miguel mostró que esa dualidad también puede tener una identidad contemporánea. Y ahora Edgardo Bolaño se suma a un movimiento que podría terminar siendo mucho más que una tendencia pasajera: el regreso del acordeonero-cantor, una figura que rescata el espíritu del juglar y le recuerda al vallenato de dónde viene.
Por: Emad Mohrez



